Mil recuerdos, muchos momentos…

Lunes, al filo de la madrugada, la “minuit” que apuntaría el gabacho, no sé si las brujas vienen hoy, o no, los lunes, ni las gallinas ponen. Estos momentos son de recordar cosas, la primera, un regalo, de allá por el 17, enero, fiestas de cole “en paz”, día de la paz. Una compañera, buena compañera diría yo, estuvo fabricando, con críos y profes, la grulla de la paz, que, a su vez, recordaban la historia de una tal Sadako Sasaki, sobreviviente de un horrendo bombardeo, símbolo de esa ansiada paz. La tal ave de papel posa en mi mesa desde antaño, pero casi nunca le dedico alguna miradilla, y hoy, precisamente hoy, me la he topado de frente. Y, como siempre, me he dedicado a rebuscar en ese cajón de los recuerdos…

Fue una semana de mil emociones, desde su dedicación a enseñar a nuestro alumnado cómo se crean, hasta colgar, mil y una, por todos lados; como, sin esperarlo, me hizo dueño de una, me alegró el momento, cada vez que la veo me siento feliz de que pasara. Ya he hablado, en otros lares de ella, ya conté la historia, en «Tengo una grulla, de la paz» de cómo fue, pero no tengo pereza de volver a hacerlo, disfruté sobremanera con el tal presente. Parecía como si la compañera me hubiese leído el pensamiento de que, ¡yo, quería una!

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Hoy, mientras el spotify me larga una música de un gran genio, me apetece escribir, aunque sea desde el recuerdo de esos momentos, de cómo los y las compas van, con su buen hacer, inventando cosas nuevas, llenando de luz y alegría esas y otras celebraciones, envueltas en la magia de los grandes retos…

No puedo dejar de traer viejos trabajos que, en su momento, fueron de mucho tronío y poderío (con flamencada incluida). La grulla me lleva al que fue el momento “culmen” de la fiestita, nuestra participación en todos y cada uno de esos momentos… aquí dejo alguno… ya dirán ustedes.

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Cosas que dejan huella…

 

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Otro año, a ritmo de que todos queremos la “paz”, en el cole celebramos, nuevamente, la fiestita en la que, a grito de todos juntos, gritamos nuestros deseos de ella para todo el mundo, no más guerras, no más violencia, en cualquiera de sus manifestaciones, no al maltrato, no a los atentados y una larga lista de cosas que rompen esa paz, que se llevan a nuestros más queridos, a todos los que padecen de las ambiciones de gente que les da igual nuestra tranquilidad, nuestra forma de vivir, de sentir.

Todo ha ido viento en popa, el final, colofón de oro, suelta de palomas, que ellas lleven, entre sus plumas, nuestro mensaje, esos bellos deseos, de vivir, convivir, estar y ser, entre tantos, un poco mejores, más felices, desterrando nuestros miedos, dando paso a esa canción en la que pedíamos «¡si a la paz, no a la guerra!»

En tanto, un entrañable, compa, Guille, que tiene una esquina ahí al lado y que fuera parte de este cole, del que algunos rincones guardan su buen quehacer, su alegría y sus energías bien dispuestas; amigo, fiel seguidor de estos escritos pasionarios, de esas palabras reivindicativas, y a su vez haciendo lo propio, pidiendo, a grito pelado, que sea real, que nos dure, que venga a quedarse. Me envía un mensajito al móvil, con un bello recorte de lo que predicamos, léanlo, releanlo, disfruten, como hice en su momento, de todas y cada una de sus palabras, y al final gritémosla con fuerza: PAZ, para todos, y que no se quede nadie, pero nadie, sin su merecido trozo de ella.

 

Cosas del tiempo en el tiempo

Aún, pasado el tiempo, recuerdo aquellos, esos y otros momentos; la escuela, como éramos, como vivíamos, infancia, niñez y comienzos de la pre…, esa que nos convierte en insoportables, caprichosos, rebeldes sin causa, testarudos y tostones, adolescencia al fin.

Aquellas mañanas, envueltas en la bruma de la helada, tejados soltando gélidos goterones, algún despistado copo, resquicio de la fría noche, en la que nosotros, entremetidos en duras borras, intentábamos buscar el calor que no había, invierno. Luego, ya amaneciendo, aquel agua, helada, que lavaba las últimas legañas, un buen tazón de leche ardiendo, pan, con… lo primero que había, y salida, estampida hacia esa escuela.

Calles llenas de charcos, mil y una bota de goma, “katiuska”, saltaba y resaltaba, hasta que el charco quedaba en nada, luego, otro y otro más. En la puerta nos esperaba don, con su bigote y unas patillas que le ponían aspecto de policía, juez y verdugo. Ante unos chiquillos medio asustados y siempre sorprendidos. En el fondo, si había suerte se quemaba, en el brasero, un puño de carbón, que ahumaba, más que calentaba. Los chavales, que la coeducación no existía, nos sentábamos en pupitres biplaza, nuestro escondite, en ellos pasábamos horas y horas, el cole era de mañana y tarde. Por sus bordes se leía, si no nos pillaron, el nombre, alguna fecha sin sentido y un corazón que sólo era eso, un corazón.

En ellos aprendimos las cuatro reglas, leímos historias inimaginables, escribimos cartas inacabadas, resolvimos problemas imposibles, cien mil dictados, para aprender a escribir, para, luego, copiar las faltas, para releerlos, y volver, hasta que salían bien. A la hora convenida, todo a la “cartera”, la mochila era algo estratosférico… ¡no olviden la tarea, mañana correjimos, el que no la tenga…!, quedaba en el aire la sentencia, cada uno se imaginaba su suerte. ¡Ya nos pondríamos, ya!

La casa, la calle, la escuela… los compañeros, los amigos, el regio maestro, mañana, mañana otra vez.

 

 

Detalles sacados de la Navidad

¡Llega el momento!, se acaba, ésta, seguramente, dentro de nada, otra vez «al lío»; una nueva oportunidad, de ser mejores, de estar juntos, de volvernos a abrazar, de compartir hasta los más mínimos detalles.

Han corrido, móviles, facebook, e-mail, y mil caminos, otras tantas imágenes, divertidas o no, bellas y menos bellas, todas, sin ninguna excepción, con un mensajito, llenos de palabras que engrandecen, que divierten, que enternecen, algunas nos dejan serias, otras… mejor no juzgar.

Lo que empezaba con una ristra de buenos deseos, acaba con mejores palabras, volviéndonos a tiempos remotos, de cuando éramos críos, cuando nos ilusionaban hasta las luces de la calle, la gente, los amigos y el soñado día, «reyes», día en el que se cumplían, al menos, algunas de esos sueños.

Alguien publica un hermoso poema de un famoso poeta, en el que pide, con muchas ganas volver a ese día, siendo niño, sintiéndose niño, soñando en niño. Invita a parar el tiempo, recordar cómo éramos, cómo vivíamos esas fechas; de cuando nos sentábamos alrededor de una “mesa-camilla”, en la que, y colocado de una forma estratégica, ardía un brasero, del cual, a ratos, oíamos el crepitar del carbón aún encendido. Mesa protagonista omnipresente  del pasar de nuestro tiempo, de nuestras vidas; en ella se hacía todo, desde las tareas de colegiales hasta las comidas que mamá nos preparaba con tantísimo amor.

También, por esas fechas, era el tablero por excelencia de la escritura de la “carta a los reyes”, en las que pedíamos, con vehemencia, mil y un regalos, regalos que, convenientemente, eran sustituidos por otros que también nos conformaban, eran tiempos difíciles y tenía que haber para todos… seguro que ahora soy el «eco» de muchos pensamientos.

El fin terminaba, el año que viene, más, de esta dejo ese cartelito, en el que brinda el abrazo, para todo el que lo quiera aprovechar, para que sea disfrute de mucha gente.Dejen la ilusión encendida:

Agranda la puerta, Padre

porque no puedo pasar.

La hiciste para los niños,

yo he crecido, mi pesar…

 

Navidad, cosas que dejan huella..

En estas especiales fechas, corren, por la red, cosas que impactan, cosas bellas, cosas que, al verlas, te llenan de paz, de ganas de compartirlas, con todos, para todos. Que no quede nadie sin disfrutar de ellas; hay muchas, millares, a nosotros, a mi en este caso, me llegan algunas, igualmente bellas, se hace difícil elegir, se convierte en una tarea ardua en elegir cual se quiere compartir.

Yo me traigo dos, que son muy significativas, una la envía una gran persona dedicándola de todo corazón, recalcando cada una de sus palabras, recomendando que las lea muy despacio, una a una, de dos en dos, frases, oraciones, líneas y al final párrafos; y que, luego, lo vuelva a leer, que lo saboree, que deje me entren en el cerebro y directamente al corazón, que piense en ello, que lo vea a él leyéndome el mensaje; que no me olvide, luego de la tarea, compartirlas con toda aquella gente que aprecio, que me aprecia, que incluya al gente con la que hace mucho, mucho tiempo, dejé de tener ni el más mínimo contacto e igualmente con gente que no conozca de nada, precisamente mediante esas redes. Así lo he hecho, así lo estoy haciendo, compartiéndolas contigo si es que pasas a leerme; no te olvides de dar todos y cada uno de los pasos que he seguido yo, te la envío de todo corazón.

La otra, un dibujo superlogrado de Papá Nöel, es la obra de un buen compañero de trabajo, uno de esos artistas que no conocíamos hasta que “aterrizó” en nuestro derredor; nos enseña a alguien que, gracias a su trabajo, elaborara los encargos ilusionados de miles de millones de críos, de otros tantos adultos que deseamos felicidades a todo el mundo y que todavía guardamos la ilusión del detallito del vejete, a los que nos gustaría despertarnos ese día y tener un paquetito con ese regalejo, aunque sea una tarjeta que diga «Gracias por todo».

Disfruta con ambas, como yo, como todos a los que se las he enviado, y, sobre todo, ¡¡Feliz Navidad y un maravilloso año nuevo!!

Lugares de siempre… para disfrutar

 

Por estos lares, mientras el solete tumba sus rayos en tierra, rindiendo honores a mamá naturaleza, siguen, testigos mudos del tiempo, habiendo grandes rincones, casi escondidos, donde se junta la belleza con la paz y el sosiego con el encanto.

Cuando sube o bajas, dependiendo de donde venías, ¡lo ves!, en lo alto de un montañuco, arrente de “La cuesta de la Pared”, está el atractivo, allí, a salida de un restaurante, nos encontramos con la magnífica estampa; es un día de sol, caluroso y alguna calima muy propia de estos rincones isleños. El dicho monte da inicio a la Península de Jandía, por donde, en otros tiempos, mar de norte y sur se unían en mareas muy, muy llenas.

El sitio, Mirador de Sotavento, de cuyo nombre hace gala infinita, invita a sacar el aparatejo y en dos clic-clac, inmortalizar el momentazo, todos a una, luz, sol, paisaje, mar, cielo y nubes, paradas en un instante; luego, una sentada, a disfrutar de una buena comida, en el patio donde se enclava tal minarete, tiene muy buena carta, lo mejor sus especialidades en unos caldosos de arroz, lo que le da el nombre de “los arroces”, o, también, casa Tino, para los que asiduean el sitio.

Disfruten, mírenlo bien, y, si se animan, cuando al paso les venga, no dejen de visitarlo; luego, dejen el documento gráfico, a todos nos alegra la vuelta y el firme propósito de volver a gozarlo.

Era una noche…, noche de brujas

Cuántas y cuántas veces, ya ni me acuerdo de la cantidad, han salido, por un lado, por otro, en cualquier plataforma, las brujas, aliadas de la noche, hechizadoras, dueñas de los mil conjuros, encantamientos y maledicencias, con un tema de fondo, el de siempre, amores mal entendidos o, mejor, no comprendidos, envidias, vengar viejas heridas, que ya no encuentran cicatriz, que no cierran, que siempre habrán de quedar… Hoy, puntuales, al filo de la «minuit», que dirían los gabachos, vuelven por sus fueros,  a reunirse, con nuevos juramentos, sin dejar los viejos, los mejor logrados.

Luego de muchos post, he encontrado una aliada, que, de vez en cuando, me manda las que va encontrando, serán o no, más bellas, mejor logradas, importa el detalle; hay quien en un arreglo de suerte, ha creado su espacio, calderos de cerámica vieja, sapos de trapo, araña que levantan miedos, y, por suerte, aparcamiento para sus escobas, superior.

También, si acaso, sirvieron para inspirar historias y relatos, que esconderán deseos, que adornarán bellas y nocturnas fotos, que proponen una lectura que invita a perderse en lo más profundo de la imaginación… dejándote llevar, saboreando, una a una, palabras que salen sin pensar, que van fluyendo, sin orden, sin más ánimo que ir rellenando huecos, dando pompa y boato a ellas, las «auténticas protas», las que mandan la noche, las que juegan a conjurar, las que regalan mil acertijos.

Luego enfila la madrugada, no se las ve, sólo se oye el corte del viento de sus infinitas escobas, después… silencio, todo  en calma.

Sólo noche, noche de brujas…