Echando un ratico…

 

Es cierto que hay gente que para la belleza en un momento; del mismo modo quienes plasman, en hermoso textos, otros no menos bellos pensamientos, luego, en un mensajito lo envían a los medios, usando esas redes que se han convertido en un fluido camino de comunicación, luego al compartir, hacemos el mejor medio para que en muy poquito tiempo, mucha gente dedique, desde lo más profundo, miles, quizás millones de sonrisas, de hermosos pensamientos, de agradecimiento a quienes, acordándose de ti y de tantos, lo envían y reenvían, otras tantas veces.

En estos días llega un mensajito sobre «El significado de la amistad»,¡bello!, te paras, lees, relees y vuelves al principio, lo saboreas y llegas al final. La amistad siempre prevalecerá, ante la vida, ante el amor, ante la más bella de las flores. Un amigo te ha puesto en su «lista» particular. ¡Gracias y mil veces gracias! es todo un honor contarme entre ellos. Yo, en este medio, lo comparto y que se apunte todo el que se considere, que lo saco a la luz de todo corazón, hasta para el mismo que me lo envía.

A tal mensaje, le he añadido una bella rosa, que la manda otra muy buena amiga, hermana, la usó para dedicarnos las buenas horas a todo el que le apeteciera; estamos demasiado preocupados con cosas que no nos dejan disfrutar de «ese ratico» que da título a este post La bella, aunque perecedera en el tiempo, sé que aquí permanecerá, durante mucho tiempo, se acabará, en un a lo mejor, por cambio de plataformas o quizás de redes. Pero la imagen permanecerá, y la amistad que adorna, espero que nunca acabe.

Luego, si pasas, podrías dejar tu propio mensaje, me voy, nos vamos… de vacaciones, cuelgo redes, mensajes, trasnoches y otras paradas, al menos durante una semana, y a disfrutar de ese merecido descanstio… hasta muy prontito.

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¡Qué bonita es la primavera!… cuando llega…

Casi con puntualidad meridiana llegó, ¡al fin!, no es que hayamos tenido un invierno muy distinto, el tiempo anda loco… cambio climático, dicen… y más por estos lares, donde decían, la tenemos eterna…

Yo, ¡cómo no!, no puedo faltar a mi cita, la de siempre, afamando bichos, que ni les va ni les viene, que sólo piensan en ella como “época de pibitas”, futuro. Yo lo traigo de nuevo, es una manía, ¿será?, o unas ganas, ¡con la misma!, aquí les dejo, foto, foto y comentario, que para eso estamos en primavera…

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Según parece… se querían ir “pa la playa”, esa mañana del 21 cogieron los atalajes y tiraron hacia la orilla de la marea, pero… ¡cuál no fue la sorpresa!, no se veía a nadie ni al sol que buscaban para calentarse… sólo frío y algunas gotejas que incomodaban el momento.
Los pibes y pibas iban y venían, ojeando el mejor echadero, y en el grupo… ella… guapa, con un cuerpazo de aquí te espero; él, buen mozo, la miró, la picó el ojo y le abrió una sonrisa que se le colgó del rabo al cuerno y del cuerno al rabo…
Sigiloso se le fue acercando, le contó mil milongas, le pintó un bello futuro, le prometió que cuidaría de ella hasta el fin de sus días, cuando en un descuido, ¡zas! el zalamero se le subió a la grupa, la abrazó casi con ternura y, luego… lo de siempre, ¡si te he visto no me acuerdo!, encendió un cigarro, miró pa otra y recomenzó la historia…

Llega ese día, hoy , casi ayer

Llegó el momento, con o sin plumas, a cara pintada de mil maquillajes, o descubierta que algunas pinturas se hacen alérgicas a según que caras, nos echamos llenos de muchas ganas al coso, sin salir de casa, baile de mascaritas con músicas que, por sí solas, ponen piernas en meneo; algunas coplillas, cuasi aguijones que se lanzan y que ponen  a todos en semivergüenza o no. Nuestras y nuestros niñas y niños, se lucieron grandemente, cada uno tiene su ratito en el “postureo”, cantan, bailan, brincan y, sobre todo, nos hacen pasar ese ratito en el que, los mayores, disfrutamos de lo “lindo”.

Allí, precisamente allí, estábamos todos, hasta la mamá de Luisito con un modelito que hacía volver el quejo a todo el mundo. A su lado, cazador avesado, Mauricio, el de la panadería, si, ese que le hace bollitos especiales… a ver… y que no se come, no porque engorde, sino porque el disfraz del año pasado ya no le entra. También había otros, que se colgaron un reloj de cadena, una pajarita y pintaron sus canas de más blanco todavía. Realzando, hasta límites insospechados, el momento, momento de todos.

La cosa, este año, va de «La máquina del tiempo», no sé si el disfraz correspondía al avance de los tiempos, porque la máquina, máquina, no era. Allí vimos egipcios, griegos, romanos, momias al uso, trogloditas de medio pelo, relojes de los que “ni pa’lante ni pa’trás”, hubo, incluso, gente que parece aterrizó de otros planteas, y astronautas dispuestos a emprender el viaje. Y hubo quien, con  un gorrito y una camiseta, dio la talla, bonitos carnavales que sacan la originalidad de nosotros y la lucimos, sin problemas; llevamos preparándolo un tiempín, y ya, ¡por fin!, todos al fiestuqui.

A última hora, con el ritual de siempre, le dimos su paseíto a Doña Sardina, esa que no se sabe si la pescaron en el mar o en la bañera de algún vecino, aún así, presurosa, salió a la calle, con su batucada, sus bailes, sus carreras (el tiempo apremiaba), al final con diestra mano, los bomberos, ¡sí lo bomberos!, ¿quién lo diría? la ponían al fuego, tardó lo que un suspiro en perderse, el humo se ha llevado montañas de horas de trabajo, pero sí deja en su estela, que… «¡el año que viene, más!»

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Mil recuerdos, muchos momentos…

Lunes, al filo de la madrugada, la “minuit” que apuntaría el gabacho, no sé si las brujas vienen hoy, o no, los lunes, ni las gallinas ponen. Estos momentos son de recordar cosas, la primera, un regalo, de allá por el 17, enero, fiestas de cole “en paz”, día de la paz. Una compañera, buena compañera diría yo, estuvo fabricando, con críos y profes, la grulla de la paz, que, a su vez, recordaban la historia de una tal Sadako Sasaki, sobreviviente de un horrendo bombardeo, símbolo de esa ansiada paz. La tal ave de papel posa en mi mesa desde antaño, pero casi nunca le dedico alguna miradilla, y hoy, precisamente hoy, me la he topado de frente. Y, como siempre, me he dedicado a rebuscar en ese cajón de los recuerdos…

Fue una semana de mil emociones, desde su dedicación a enseñar a nuestro alumnado cómo se crean, hasta colgar, mil y una, por todos lados; como, sin esperarlo, me hizo dueño de una, me alegró el momento, cada vez que la veo me siento feliz de que pasara. Ya he hablado, en otros lares de ella, ya conté la historia, en «Tengo una grulla, de la paz» de cómo fue, pero no tengo pereza de volver a hacerlo, disfruté sobremanera con el tal presente. Parecía como si la compañera me hubiese leído el pensamiento de que, ¡yo, quería una!

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Hoy, mientras el spotify me larga una música de un gran genio, me apetece escribir, aunque sea desde el recuerdo de esos momentos, de cómo los y las compas van, con su buen hacer, inventando cosas nuevas, llenando de luz y alegría esas y otras celebraciones, envueltas en la magia de los grandes retos…

No puedo dejar de traer viejos trabajos que, en su momento, fueron de mucho tronío y poderío (con flamencada incluida). La grulla me lleva al que fue el momento “culmen” de la fiestita, nuestra participación en todos y cada uno de esos momentos… aquí dejo alguno… ya dirán ustedes.

Cosas que dejan huella…

 

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Otro año, a ritmo de que todos queremos la “paz”, en el cole celebramos, nuevamente, la fiestita en la que, a grito de todos juntos, gritamos nuestros deseos de ella para todo el mundo, no más guerras, no más violencia, en cualquiera de sus manifestaciones, no al maltrato, no a los atentados y una larga lista de cosas que rompen esa paz, que se llevan a nuestros más queridos, a todos los que padecen de las ambiciones de gente que les da igual nuestra tranquilidad, nuestra forma de vivir, de sentir.

Todo ha ido viento en popa, el final, colofón de oro, suelta de palomas, que ellas lleven, entre sus plumas, nuestro mensaje, esos bellos deseos, de vivir, convivir, estar y ser, entre tantos, un poco mejores, más felices, desterrando nuestros miedos, dando paso a esa canción en la que pedíamos «¡si a la paz, no a la guerra!»

En tanto, un entrañable, compa, Guille, que tiene una esquina ahí al lado y que fuera parte de este cole, del que algunos rincones guardan su buen quehacer, su alegría y sus energías bien dispuestas; amigo, fiel seguidor de estos escritos pasionarios, de esas palabras reivindicativas, y a su vez haciendo lo propio, pidiendo, a grito pelado, que sea real, que nos dure, que venga a quedarse. Me envía un mensajito al móvil, con un bello recorte de lo que predicamos, léanlo, releanlo, disfruten, como hice en su momento, de todas y cada una de sus palabras, y al final gritémosla con fuerza: PAZ, para todos, y que no se quede nadie, pero nadie, sin su merecido trozo de ella.

 

Cosas del tiempo en el tiempo

Aún, pasado el tiempo, recuerdo aquellos, esos y otros momentos; la escuela, como éramos, como vivíamos, infancia, niñez y comienzos de la pre…, esa que nos convierte en insoportables, caprichosos, rebeldes sin causa, testarudos y tostones, adolescencia al fin.

Aquellas mañanas, envueltas en la bruma de la helada, tejados soltando gélidos goterones, algún despistado copo, resquicio de la fría noche, en la que nosotros, entremetidos en duras borras, intentábamos buscar el calor que no había, invierno. Luego, ya amaneciendo, aquel agua, helada, que lavaba las últimas legañas, un buen tazón de leche ardiendo, pan, con… lo primero que había, y salida, estampida hacia esa escuela.

Calles llenas de charcos, mil y una bota de goma, “katiuska”, saltaba y resaltaba, hasta que el charco quedaba en nada, luego, otro y otro más. En la puerta nos esperaba don, con su bigote y unas patillas que le ponían aspecto de policía, juez y verdugo. Ante unos chiquillos medio asustados y siempre sorprendidos. En el fondo, si había suerte se quemaba, en el brasero, un puño de carbón, que ahumaba, más que calentaba. Los chavales, que la coeducación no existía, nos sentábamos en pupitres biplaza, nuestro escondite, en ellos pasábamos horas y horas, el cole era de mañana y tarde. Por sus bordes se leía, si no nos pillaron, el nombre, alguna fecha sin sentido y un corazón que sólo era eso, un corazón.

En ellos aprendimos las cuatro reglas, leímos historias inimaginables, escribimos cartas inacabadas, resolvimos problemas imposibles, cien mil dictados, para aprender a escribir, para, luego, copiar las faltas, para releerlos, y volver, hasta que salían bien. A la hora convenida, todo a la “cartera”, la mochila era algo estratosférico… ¡no olviden la tarea, mañana correjimos, el que no la tenga…!, quedaba en el aire la sentencia, cada uno se imaginaba su suerte. ¡Ya nos pondríamos, ya!

La casa, la calle, la escuela… los compañeros, los amigos, el regio maestro, mañana, mañana otra vez.

 

 

Detalles sacados de la Navidad

¡Llega el momento!, se acaba, ésta, seguramente, dentro de nada, otra vez «al lío»; una nueva oportunidad, de ser mejores, de estar juntos, de volvernos a abrazar, de compartir hasta los más mínimos detalles.

Han corrido, móviles, facebook, e-mail, y mil caminos, otras tantas imágenes, divertidas o no, bellas y menos bellas, todas, sin ninguna excepción, con un mensajito, llenos de palabras que engrandecen, que divierten, que enternecen, algunas nos dejan serias, otras… mejor no juzgar.

Lo que empezaba con una ristra de buenos deseos, acaba con mejores palabras, volviéndonos a tiempos remotos, de cuando éramos críos, cuando nos ilusionaban hasta las luces de la calle, la gente, los amigos y el soñado día, «reyes», día en el que se cumplían, al menos, algunas de esos sueños.

Alguien publica un hermoso poema de un famoso poeta, en el que pide, con muchas ganas volver a ese día, siendo niño, sintiéndose niño, soñando en niño. Invita a parar el tiempo, recordar cómo éramos, cómo vivíamos esas fechas; de cuando nos sentábamos alrededor de una “mesa-camilla”, en la que, y colocado de una forma estratégica, ardía un brasero, del cual, a ratos, oíamos el crepitar del carbón aún encendido. Mesa protagonista omnipresente  del pasar de nuestro tiempo, de nuestras vidas; en ella se hacía todo, desde las tareas de colegiales hasta las comidas que mamá nos preparaba con tantísimo amor.

También, por esas fechas, era el tablero por excelencia de la escritura de la “carta a los reyes”, en las que pedíamos, con vehemencia, mil y un regalos, regalos que, convenientemente, eran sustituidos por otros que también nos conformaban, eran tiempos difíciles y tenía que haber para todos… seguro que ahora soy el «eco» de muchos pensamientos.

El fin terminaba, el año que viene, más, de esta dejo ese cartelito, en el que brinda el abrazo, para todo el que lo quiera aprovechar, para que sea disfrute de mucha gente.Dejen la ilusión encendida:

Agranda la puerta, Padre

porque no puedo pasar.

La hiciste para los niños,

yo he crecido, mi pesar…