A rumbo… la Maxorata

Luneaba la semana, a esa hora, que ni las calles esán puestas, a golpe de despertador, saltamos de la cama al vacío de la aventura, la vuelta a tierras de currele, que ha sido nuestro hogar y vida durante mucho, mucho tiempo; escondite de viejos romanticones, donde tantos y tantos maravillosos momentos se han vivido; tiempo de un café, duchita de rigor y carga, con lo necesario, del carro, ¡pasajeros al tren!, dicho manido de mil y una película; tren de recorrido aguado. Es todo un acontecimiento que luego de treinta años de viajes, barcos y más, aùn nos queda esa mijita de ganas de repetir, sentir el cosquilleo de la primera vez. -¡Como poco, curioso!

En el muelle, lo de siempre, “la cola del embarque”, hay cosas que, por mucho empeño que se ponga, no cambian, suerte que esa misma experiencia, cuando la peña hace lo que, por megafonía repiten hasta el cansinamiento, lleva a que la operata sea rapidita; el barco no va lleno, como digo, cuando lo veo, ¡cuatro amigos!, no es temporada, trabajadores, necesidades y algún guiri de última hora… normalidad total. Viajito con algún meneo del azul, aire a volumen subisía que invita a una cabezada de olvido, y… a esperar; antes de que el altavoz anuncie se está llevando a cabo el atraque. La pande obliga a medidas extraordinarias, desembarque por zonas, de la uno a la nueve, como niños de colegio salimos ordenaditos, sólo faltó el; “Vamos a contar mentiras…”, no dio tiempo, si no, seguro que la cantamos.

Al coche, carretera, autovía y, en un pispas, en casita, magia de la automoción, no quedaba lejos el fin del viaje. Entre tanto, el día se ve precioso, azul claro de cielo limpio, sol radiante y ni un astibo de nubes, por esa autovía poco usuario, horario de trabajo, algún camiòn, guagua o servicio al público; las ganas van en aumento, hacía mucho que no volvíamos, una curva… otra, una rotonda, uno, dos, tres giros por amplias calles y, al principio de la última, la casa, nuestra casa. Una puerta, otra, un soplo de aire caliente, lleva su tiempo cerrada, sin que el alisio la ventile, interiores, arriba, abajo y, en pocos minutos, vuelve a correr, escaleras arriba y abajo, ese airecillo, saludable y cálido, andamos por primavera, normalidades climáticas..

Allí, en un ya, la casa, labores de devolverla a su estado natural, -al tal y como la dejamos. Un preparado de buen papeo, brindis incluido por ese retorno y a la espera de aconteceres. Qué ha sido, qué no, podía ser motivo de otro post, en realidad no es caso de éste; a resaltar, eso sí, la alegría de comprobar que todavía isla, localidad y sitio nos tiran, que ese volver no ha perdido ganas ni intenciones. Como cada vez que ocurre, te piensas el volver, luego, luego no quieres irte. Allá por el 90 cuando empezaba mi vida de maestro, alguien me dijo que algún día terminaría por irme de la isla, yo, echándole los primeros valores le aseguré que eso no iba a pasar; me he ido, sí, físicamente, pero parte de mi es ella, siempre la tendré, de corazón.

Gracias por leerme.

2 pensamientos en “A rumbo… la Maxorata

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