Trocitos del día a día…

Eran tiempos de “maricastaña” o quizá el año del titiritate, la mayoría de los momentos que vivíamos eran símbolo de «intensidad», deseos de disfrutar, ¡a tope!, los cuatro ratos que teníamos; no había mucho donde elegir, y esas reuniones eran de lo muy poquito que, todos juntos, podíamos gozar; era un domingo cualquiera, con 100 duros por cabeza, monedas ya olvidadas, se montaba la fiesta, barbacoa incluida, mucha priva, carne como para media docena de tenderetes más y, todavía más, voluntad de pasarlo bien.

Ese día, «magia potagia», el amiguete, que no era mago de profesión, sino un currante más, nos brindaba la vieja casa que su familia tenía como solariega, y en la que, en otros tiempos, se disfrutaban períodos vacacionales; con los años, sólo quedaba el mobiliario de terraza y poco más, que no era cuestión de estar almacenando calidades y primuras, con ese nos bastaba, mesas y bancos de mampostería, el hueco para hacer los fuegos y cubertería propia para la ocasión.

Entre tanto, algunas gracias, risas diversas, más priva, meternos con el compa de turno, darle una poca de caña, con el esto, que si aquello, que te vieron cortando el viento y disfrutando del vuelo de las maripositas al lado de la moza que te molaba y poco caso te hacía; así iban pasando las horas, todo a punto, carbón, carnes, y lo que llevaba, con estudiada ceremoniosidad se daban los primeros pases del festín, viandas para toda la peña y lo que fuera menester. Luego, a la casi hora, se empezaba el rito de servirla, nos tirábamos a ella como si no hubiésemos comido en la vida, con la voracidad que la espera y nuestra desesperación marcaban, literalmente desaparecía, por el aire, todo lo servido, y más si se trajese. En poco solo quedarían bolsas, bolsas llenas de restos, que harían un desfile rumbo a los contenedores que, en esos tiempos, era “el contenedor”, no existía la afortunada costumbre del recicle.

Más tarde, en lo que el café empezaba a brotar, nos dedicábamos a la tarea de dejar “el chabolo”, tal y como nos lo habíamos encontrado, limpio, empezaba el tenderete del barrer, recoger, fregar, darle un agua a los espacios, limpiar, a fondo, esa barbacoa, con la finalidad de que no pareciera que nadie había pasado por allí. Aún cabría otro café más, pero, ya, fuera del recinto, la tal quedaba inmaculada, como si se estuviera estrenando.

El sentimiento generalizado era el mismo en todos, ¡qué bien lo hemos pasado!, tenemos que, no muy tarde, volver a celebrarlo, los amigos éramos, si cabe, más amigos, los novios más novios y los solteros, eso, más solteros. Pero todos a la par… Acabados del festín, cada pollo a su corral; duchita, acicalado y, sin variar, pal casino, que era nuestra disco habitual, a probar, no sé el qué, pero a probar. Convencidos de que, en un a lo mejor, la diosa fortuna con todo su séquito, nos iba a sonreír, pasaba o no, ese será comentario de otro día. Lo que sí nos llevábamos, era el día distinto, el haberlo pasado del “15” con la peña habitual. Dejo documento gráfico fotos de rigor, que luego, su dueño, revelaría para disfrute de todos, se estaba a años, casi luz, de la fotografía digital.

Y tú, ¿cómo lo pasabas de joven? Gracias por pasarte.

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