Cosas, viejos recuerdos…

 

Era de tarde, horas en las que la peña anda a la búsqueda de un sitio donde echar un ratito de buenas compañías, unas risas y, ¿por qué no?, unas birras, frescachonas que apetece y ricas viandas, la hora lo pide y las ganas también… Pero… primero un pateo, recorrer lugares de obligado paso que hacen las delicias, nosotros incluidos, de todo el que “rula” por ellos, que, en esos momentos, tienen la misma disposición; caminos que te llevan a los viejos lugares que siempre han estado ahí y a los que no nos prodigamos en acudir; llegas, los ves, sacas la maquinita y en un clic-clac, inmortalizas, por enésima vez, el sitio; respiras el aire a salitre que te trae la marea, que aviva tus recuerdos, de cuando eras un crío, de corretear, arriba y abajo, la playa que baña, de cuando como verdaderos salvajes brincábamos en ella, entrábamos, salíamos, jugábamos, pero contémoslo como ocurría en aquellos tiempos, vayamos parte a parte, desde que amanecía el dia hasta que la noche te depositaba en casa, volviendo a la realidad cotidiana.

Así pasaba, así lo contamos…

Mes, agosto, día, un domingo cualquiera, de buena mañana, finalidad, excursión familiar a la que ninguno, de nosotros, hijos, podíamos poner un pero; mamá mandaba, papá no daba señales. El viaje de ida, toda una odisea, el territorio, por las vías de entonces, se nos antojaba demasiado lejano; los cuatro, encajonados en el asiento trasero, nos repartíamos en verdadera batalla el corto espacio que se nos brindaba, las cosas eran muy distintas, no se usaban ni existían cinturones de seguridad, la parte de “atrás” no se controlaba ni importaba mucho como se viajara; ellos, delante, con sonrisa profident, orgulloseaban aquello de “la familia unida”, total, tres horas de tortura en una larga cola de gentes que íbamos buscando esos soles, esas playas; arranca, para… 20 metros, vuelta a empezar. ¡De pronto!, producto del traqueteo, el consabido cuesco del inigualable, ¡urgente!,  buscar el ansiado aire que se llevara los residuos del evento. Vuelta a la normalidad, arranca, 20 metros, para… en un eterno repique de cansinos asaltos.

¡Al fin!, luego de sus tres horitas largas, llegada a la playa, sillas, sombrillas, nevera, bolsa con la comida, a instalar nuestros pertrechos en uno de los pocos lugares que, dada la hora, quedaba; nuestros mayores exhibiendo su inconmensurable alegría, ellos ganan, una vez más… ¡al agua patos y a olvidar los malos ratos!  En esos momento, deseosos, practicábamos lo que mejor sabíamos hacer, “divertirnos”; también éramos expertos en disfrutar, al máximo, de lo que se nos brindaba. Así, hora tras hora, llega la de la comida, luego, dos horitas largas de digestión que había que observar con rigurosa disciplina. ¿Qué hacer en ese eterno tiempo?, ¿damos un paseito?, ¡no se alejen mucho!, saben que no nos gusta perderles de vista… Poco a poco, llegaba la hora de retornar al agua, ya no era el agua de la llegada, el calor mermaba, el airito refrescaba y las ganas tampoco eran muchas… los cuatro sólo pensábamos en la hora del retorno, cada uno vigilaba sus intereses… Poco a poco, en la complicidad, nos íbamos vistiendo, en un intento de ¡a ver si ellos!, se daban cuenta de que la fiesta, como fiesta, ya empezaba a caducar… Hora las ocho y pico largas de la tarde, todos arreglados esperando a que el progenitor sacara, literalmente, “el culo del agua”, cosa que no ocurría hasta bien pasadas las nueve. Mientras tanto, el sol bailaba con ese faro que era testigo mudo de muchas historias parecidas y que, indiferentemente, las ignoraba, su misión era empezar a alumbrar con su eterno bamboleo de bombillas, y no ocuparse de banalidades.

Como llamada de salida a la alegría, nos sonaba… ¡nos vamos!, hora, las nueve y media largas, empezando a oscurecer; vuelta a la carretera, tres nuevas horas de camino, en el ambiente cansancio, cabrero, yo no sé ellos, yo iba bajando a todo el santoral del almanaque, de ver como, mi domingo, se había ido, minuto a minuto, al garete, habrían más. como ese ninguno… ¡arranca, para…! No se oía una mosca, papá intentaba aflojar tensiones, con su palique de siempre, con la radio a un volumen antinatural, «a toda pastilla», decibelios rebotando en los cristales y bastidores de puertas; ¡arranca, para…!, larga letanía, afuera, ya había caído la noche, mil y una precauciones a tomar, se ralentizaba el viaje, la caravana casi se paraba, había que extremar los cuidados… Así, en santa procesión hasta San Cristóbal en donde, por fin, se anchaba la carretera, todos seguíamos en la misma y lenta cola. Cabalgata de «domingueros».

Las doce, llegada a casa, desmontaje de atalajes, colas para el desalitre, (ducha rigurosa), luego, con un zorro enfado propio de la edad, sentada en “la tele”, aún, a alguien, se le ocurría proponer otra, igual, para la semana que viene, le caían toda clase de miradas, muecas y conjeturas sin palabras, ¿otra vez?, se oía… ¡bueno, era una idea! ¡¡¡Cállate!!!, se cortaba en el ambiente… Era, había sido un día distinto, estar todos juntos, disfrutando, pero… a esas edades ese tipo de cosas no las entendíamos, y cuando llegaban, a “los cuatro” no nos ponía especialmente contentos. Luego, como todo, en el tiempo sí valoramos y echamos de menos aquellos domingos, la pena que nos pudiera quedar es que no vuelven, y, sí, la alegría de haber disfrutado de ellos…

Y tú, ¿practicabas las marchas de domingo familiar?

Gracias por pasarte…

 

2 pensamientos en “Cosas, viejos recuerdos…

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