De un viejo tango… y después volver!

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Es muy difícil no volver, sentir, ese cambio de aires, pillar un “vuelo” y trasladarte a otros lares… y, dentrellos, visitar uno que es todo un símbolo, todo un homenaje a la naturaleza, que encierra, en sí mismo, miles de millares de asombros que, de otra manera, casi es imposible ver.

No sabía qué elegir para postearlo, son muchos momentos, hay mucho camino dentro que recorrer, pero, sobre todo, elegir aquellos que aún, pasado el tiempo, me asombran: pingüinos de la otra punta del mundo, leones marinos y terrestres, orcas que bailan al son de las palmas, gorilas que, ya, ignoran al personal que los va a ver, cansados de un siempre lo mismo. Muchos animales, mucha flora, y, sobre todo, mucha gente disfrutando del evento. El colofón, el acuario que da paso a la salida, donde toda clase de peces, mantas y tiburones que merodean con su ir y venir, dan vida a esa enorme piscina. Cuando paso por allí, siempre pienso lo mismo, ¿y si se rompiera el cristal?, pero es sólo un pensamiento, menudo salpafuera que se liaría.

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Ya, un poquito más tarde, vuelta al mundo real, en él te cruzas con alguna playita, privilegio de vivir en un archipiélago, vaya esta como homenaje a un compa que vive en esos contornos. Luego, vuelta a casa, a disfrutar de la gente, de los críos, de una buena cena, y alguna birrilla, pa’refrescar el gaznate. Mañana, irremediablemente,  nos volvemos, lo bueno se acaba y lo demás también… ¿cuándo volveremos?

En el último día, y para no variar, prisas, carreras, aeropuerto… dentro de nada estaremos volando, de vuelta a casa, a lo cotidiano.

Nos despide una fina lluvia, nos empapa, para que volvamos, en pista, el aire salpica finas gotas, un trozo sabe que tiene que irse y el otro se quiere quedar.

¡Hasta siempre!